Desde lo que había pasado la noche anterior, Vera no había salido a la calle. No porque tuviese miedo, sino porque imaginaba que el drama que se venía era fuerte.
Había comprado un arma y había mandado a los gemelos con su niñera de confianza. Estaba pendiente y preparada por si a Abraham se le ocurria venir y no iba a poner en riesgo a sus dos pequeños.
Las horas pasaban y la oscuridad cubría cada rastro de sol, nadie llegaba.
Aunque era mejor para Vera que aquel lunático se mantuviera lejos,