Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa torre de Grupo Moretti se alzaba en el centro de la ciudad como una aguja de cristal y acero, tan imponente que Emma sintió que el edificio entero la miraba con el mismo desdén que imaginaba encontraría en su interior. Había elegido su mejor vestido, uno azul marino que Valentina le había prestado a regañadientes, y aun así, frente a esas puertas giratorias de vidrio pulido, se sintió pequeña. Fuera de lugar, como una mancha en un lienzo perfecto.
Su madre caminaba a su lado con la barbilla en alto, disfrutando de cada paso como si fuera ella quien estuviera a punto de conseguir algo, no de entregar algo. Su padre, en cambio, mantenía la mirada al frente, incapaz todavía de sostenerle los ojos a su hija desde la noche anterior. —Recuerda sonreír —le susurró Renata mientras entraban al ascensor privado —Y no hables de más. Deja que él lleve la conversación. Emma no respondió. Llevaba toda la noche sin dormir, repasando mil escenarios posibles, ninguno de los cuales incluía la posibilidad de que aquello saliera bien. El ascensor los depositó en el piso cuarenta y dos, una planta que parecía existir en otra categoría de realidad, suelos de mármol tan pulido que reflejaba las siluetas de quienes caminaban sobre él, ventanales que abrazaban la ciudad entera, un silencio tan cuidado que hasta los pasos parecían pedir disculpas por interrumpirlo. Una asistente los condujo hasta una sala de juntas con una mesa de vidrio interminable. Y ahí, de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos del pantalón y la espalda recta como si nunca hubiera conocido la duda, estaba Luca Moretti. Emma había visto fotografías, por supuesto. Todo el continente las había visto, portadas de revistas de negocios, artículos sobre su ascenso meteórico tras la muerte de su padre, especulaciones sobre su vida privada que nunca llegaban a confirmarse. Pero ninguna fotografía le había hecho justicia a la frialdad que emanaba en persona. Era alto, de rasgos afilados y ojos oscuros que parecían calcular cada cosa que veían, incluyendo, en ese momento, a ella. Y calculaban con desprecio. Luca se giró apenas lo suficiente para observarla, y Emma sintió esa mirada recorrerla de arriba abajo con la velocidad clínica de quien evalúa un producto defectuoso. No hubo curiosidad en sus ojos, ni sorpresa, ni siquiera la cortesía fingida que Emma esperaba de un empresario acostumbrado a las formalidades. Solo hubo una conclusión rápida, silenciosa, y la certeza incómoda de que ella la había escuchado con total claridad aunque él no dijera una palabra. —Señor Moretti —dijo Renata, adelantándose con una sonrisa que a Emma le pareció casi servil — Es un placer verlo de nuevo. Ella es mi hija, Emma. —Ya sé quién es —respondió Luca, sin apartar los ojos de Emma un segundo más de lo necesario antes de dirigirse a una silla en la cabecera de la mesa —Siéntense. No fue una invitación. Fue una orden pronunciada con la misma indiferencia con la que alguien pide que le sirvan un café. Emma tomó asiento, con la espalda tensa, las manos entrelazadas sobre el regazo para evitar que temblaran. A su lado, su padre parecía haberse encogido varios centímetros, y su madre no dejaba de sonreír con esa expresión que Emma reconocía de las cenas importantes, la máscara social perfecta, tan practicada que ya ni siquiera parecía una máscara. Luca no perdió tiempo en formalidades. —Imagino que sus padres ya le explicaron los términos generales —dijo, dirigiéndose a Emma directamente por primera vez, con una voz grave que no dejaba espacio para la duda —Pero quiero ser claro, para que no existan malentendidos después. —La escucho —respondió Emma, sorprendida de que su voz sonara firme. Algo cruzó el rostro de Luca, apenas perceptible. Quizás sorpresa por el tono, quizás simplemente fastidio por la interrupción de su discurso. —Este matrimonio es una transacción —continuó, ignorando la firmeza de ella —Necesito proyectar estabilidad ante la junta directiva antes de cerrar una fusión importante. Un hombre soltero de mi posición genera preguntas incómodas, especulaciones que prefiero evitar. Un matrimonio, en cambio, cierra esas preguntas de forma definitiva. —Entiendo el concepto de una transacción, señor Moretti —dijo Emma, y notó cómo su madre le lanzaba una mirada de advertencia —Lo que no entiendo es por qué yo. Luca la observó entonces con una atención distinta, como si la pregunta lo hubiera descolocado apenas un instante. —Porque su familia necesita ser salvada de la ruina, y la mía necesita una esposa que no cause más problemas de los que resuelve —respondió, con una frialdad quirúrgica —Alguien discreta. Alguien que entienda su lugar y no intente convertir esto en algo que no es. —¿Y qué cree que soy yo, exactamente? —preguntó Emma, sintiendo que el calor le subía por el cuello. Luca la miró de nuevo, esta vez deteniéndose deliberadamente, con una lentitud casi cruel, en cada detalle que ella hubiera preferido ocultar, el cuerpo que no encajaba en los patrones que él probablemente consideraba aceptables, las manos todavía ásperas por años de trabajo en cocinas ajenas, la ropa prestada que no terminaba de sentarle bien. —Creo que es una mujer que ha vivido cómoda dependiendo de un apellido que ya no vale nada —dijo, sin un ápice de crueldad deliberada en el tono, lo cual, de algún modo, lo hacía todavía peor —Alguien acostumbrada a que la mantengan, sin haber tenido que esforzarse demasiado por nada. Las palabras cayeron sobre Emma como piedras. Quiso responder, enumerar cada turno extra, cada beca ganada a fuerza de insomnio, cada humillación tragada en cocinas profesionales donde nadie creía que alguien como ella pudiera llegar a chef. Quiso decirle que se equivocaba, que no sabía nada sobre ella, que la estaba juzgando exactamente igual que su madre lo hacía cada noche. Pero se contuvo. No le daría el gusto de verla perder la compostura. —Se equivoca respecto a mí —dijo simplemente, con una calma que le costó cada gramo de esfuerzo —Pero veo que ya decidió quién soy antes de que yo dijera una palabra. Por un instante, algo parpadeó en los ojos de Luca. Duda, quizás. O simplemente sorpresa de que ella se atreviera a contradecirlo. Pero desapareció tan rápido como había llegado, sepultado bajo esa fachada de control absoluto que parecía llevar puesta como una segunda piel. —No estoy aquí para conocerla, señorita Varela —dijo, con un tono que zanjaba cualquier posibilidad de réplica —Me caso por negocios, no por usted. No espere de mí nada más que mi apellido y la estabilidad económica que este acuerdo le devuelve a su familia. Ni cariño, ni compañía real, ni la fantasía romántica que probablemente esperaba de este arreglo. —No esperaba ninguna fantasía —respondió Emma, con la voz apenas quebrada por la indignación —Solo esperaba, quizás, un mínimo de respeto. Luca no respondió a eso. En cambio, hizo una señal a su asistente, quien entró de inmediato con una carpeta de cuero negro que colocó sobre la mesa de vidrio, justo frente a Emma. —Aquí están los términos del acuerdo prenupcial —dijo, deslizando la carpeta hacia ella con dos dedos, como si tocarla más tiempo del necesario fuera una molestia —Le sugiero que lo lea con atención antes de firmar. Emma abrió la carpeta con manos que ya no lograba mantener del todo firmes. Las primeras líneas eran las esperables, cláusulas financieras, duración del matrimonio, condiciones de disolución. Pero conforme sus ojos bajaban por el documento, sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Ahí estaban, redactadas con la frialdad de un abogado que jamás había tenido que vivir bajo esas condiciones, restricciones sobre su apariencia pública, la exigencia de asistir a un programa de "imagen corporativa", la prohibición explícita de expresar opiniones propias frente a la prensa o la junta directiva, y una cláusula final que Emma tuvo que leer dos veces para asegurarse de haber entendido bien. Levantó la vista hacia Luca, que la observaba con la misma expresión impasible de antes, esperando, quizás, que ella cerrara la carpeta y aceptara sin más. —Esto no es un contrato matrimonial —dijo Emma, con la voz temblando entre la furia y la humillación —Es una lista de todo lo que, según usted, tengo que corregir de mí misma para ser aceptable.






