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Tuya, tal como soy
Tuya, tal como soy
Por: white08verdun
Capítulo 1: El insulto que cambió mi destino

El olor a mantequilla derretida y vainilla todavía impregnaba las manos de Emma Varela cuando entró a la sala. Había pasado la tarde entera perfeccionando una receta de macarons de pistacho, el tipo de trabajo minucioso que la hacía sentir, por unas horas, dueña de algo. De su tiempo, de su talento, de su propio cuerpo inquieto que solo parecía calmarse frente a un horno.

Esa calma se rompió en cuanto vio la expresión de su madre.

—Otra vez en la cocina —dijo Renata Varela, sin levantar la vista de la copa de vino que sostenía entre los dedos —¿No te cansas de comerte tus propios fracasos?

Emma se detuvo en el umbral. Conocía ese tono. Lo había escuchado toda su vida, envuelto en distintas frases, pero siempre con el mismo veneno debajo.

—Solo estaba probando una receta, mamá.

—Deja de comer, Emma —Renata finalmente la miró, y en sus ojos no había ni una pizca de ternura, solo una decepción antigua, gastada de tanto repetirse —Nadie te va a querer así.

Las palabras cayeron como siempre caían, certeras, calculadas, diseñadas para encontrar la grieta exacta. Emma sintió el ardor conocido subir por su garganta, esa mezcla de vergüenza y rabia que ya no sabía distinguir bien. A los veintiséis años, con un título en gastronomía que había pagado con becas y turnos extra en restaurantes ajenos, todavía se encogía ante esa voz.

—No necesito que nadie me quiera para ser feliz —respondió, aunque la frase le supo a mentira apenas la pronunció.

—Qué bonito discurso. —Su madre se rio, un sonido corto y frío —Lástima que la felicidad no paga las deudas de esta familia.

Fue entonces cuando Emma notó que no estaban solas. Su padre, Gustavo Varela, permanecía de pie junto a la ventana, con las manos hundidas en los bolsillos y una palidez que no era habitual en él. Y su hermana mayor, Valentina, esa versión pulida y delgada de lo que la sociedad esperaba de una Varela, estaba sentada en el sillón más alejado, evitando mirarla directamente.

Algo andaba mal. Algo más grande que un comentario cruel sobre su cuerpo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Emma, y su voz sonó más pequeña de lo que hubiera querido.

Su padre fue quien habló, por fin, con la mirada fija en algún punto del jardín, incapaz de sostenerle los ojos.

—Estamos en bancarrota, Emma.

Las palabras tardaron un instante en tener sentido. La empresa familiar, Distribuidora Varela, había sido el orgullo de generaciones. Emma había crecido escuchando historias sobre su bisabuelo, sobre cómo había construido todo desde un pequeño local de importaciones hasta una compañía con presencia en tres países. Ese apellido había sido, durante toda su vida, una especie de armadura invisible.

—Eso no puede ser —murmuró —La empresa siempre...

—Las malas inversiones de tu padre nos hundieron —interrumpió Renata, con un desprecio que Emma no supo si iba dirigido a Gustavo o a ella misma —Los bancos nos están asfixiando. En tres meses perderemos la casa, las cuentas, todo lo que hemos construido. El apellido Varela se convertirá en sinónimo de ruina y vergüenza pública.

Emma sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero todavía no entendía qué tenía que ver ella en todo esto. Fue Valentina quien, finalmente, levantó la mirada.

—Hay una salida —dijo, con una voz que intentaba sonar suave y solo lograba sonar culpable —Pero es... una salida que te involucra a ti.

—A mí —repitió Emma, sintiendo cómo el desconcierto se transformaba lentamente en un miedo helado.

Renata se puso de pie, alisándose el vestido con gestos precisos, como si estuviera a punto de anunciar algo tan natural como el clima de mañana.

—Grupo Moretti está interesado en adquirir lo que queda de la distribuidora. Luca Moretti, específicamente —Hizo una pausa, calculando el efecto de sus palabras —Y está dispuesto a salvarnos de la bancarrota, a limpiar nuestras deudas por completo... a cambio de un matrimonio.

Emma sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Un matrimonio? ¿De quién?

—Tuyo —dijo su madre, como si fuera la cosa más obvia del mundo —Con él.

Emma soltó una risa incrédula, casi histérica, que resonó extraña en la sala silenciosa.

—¿Luca Moretti? ¿El dueño de medio continente? Mamá, ese hombre podría tener a la mujer que quisiera. Modelos, herederas, actrices... ¿Por qué querría casarse conmigo?

—No es por elección —admitió Gustavo, finalmente girándose hacia ella, con una expresión que mezclaba culpa y súplica —Es un acuerdo. Moretti necesita consolidar cierta imagen ante la junta directiva, algo relacionado con estabilidad y estrategia empresarial. El matrimonio le conviene por razones que no nos incumben. Y a nosotros nos conviene porque él salda cada deuda que tenemos.

—Es un trato de negocios —completó Renata, sin un ápice de vergüenza —Y tú, hija mía, eres la moneda de cambio.

El insulto de minutos atrás —deja de comer, nadie te va a querer —de pronto adquirió una dimensión distinta, más cruel todavía. Su madre no solo la había humillado por costumbre; la había estado preparando, sin saberlo Emma, para el sacrificio que le tenían reservado. Como si quisiera recordarle, una última vez, que su cuerpo, su apariencia, su forma de existir en el mundo, nunca serían suficientes por sí solos. Que solo tenía valor en tanto pudiera servir para algo.

—No pueden obligarme a esto —dijo Emma, con la voz temblando entre la furia y el pánico —No pueden simplemente... venderme.

—Nadie te está vendiendo —replicó Renata, aunque el brillo en sus ojos decía exactamente lo contrario —Te estamos dando la oportunidad de salvar a tu familia. De ser, por una vez en tu vida, útil para algo más que tus recetas y tus kilos de más.

Emma quiso gritar, quiso salir corriendo de esa casa que de pronto le parecía una jaula dorada, pero las piernas no le respondían. Miró a su padre, buscando alguna señal de que aquello era una broma cruel, una prueba, cualquier cosa que no fuera la realidad que se cerraba sobre ella como una trampa.

Gustavo bajó la mirada.

—Lo siento, Emma. De verdad. Pero ya no hay vuelta atrás.

—¿Qué quieres decir con que no hay vuelta atrás?

Fue Renata quien respondió, con una calma que resultaba casi obscena dado lo que estaba a punto de anunciar.

—El acuerdo está firmado.

El silencio que siguió pareció tragarse todo el aire de la habitación. Emma sintió que su mundo entero, el pequeño refugio que había construido a fuerza de harina, azúcar y determinación, se desmoronaba en cuestión de segundos.

—Mañana —agregó su madre, con una sonrisa que no llegaba a los ojos —conocerás a tu futuro marido.

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