—¡Ámber! ¡Abril! —grité, mientras mi voz resonaba en el gran salón del castillo. El aroma a lavanda y madera vieja llenaba el aire, mezclándose con el lejano zumbido de los preparativos.
—¡Freya! —El rostro de Ámber se iluminó al correr hacia mí, con su cabello rubio fresa rebotando con cada paso. Abril la seguía de cerca, con una cálida sonrisa dibujada en su rostro—. ¡Qué bueno verte!
—Vengan aquí —dije, abrazándolas con fuerza a ambas—. Me alegra mucho que hayan podido venir.
—¿Estás bromean