Entrar al castillo con Freya y los tres pequeños a mi lado era como caminar hacia una batalla, pero esta vez no llevaba una espada ni mi forma lobuna para protegerme. Solo tenía mi determinación, la misma que se había forjado con cada paso que daba al lado de la mujer que, por fin, había decidido reclamar.
El murmullo comenzó casi al instante, un susurro colectivo que se extendía como un incendio a través de los pasillos dorados. Sentía las miradas sobre nosotros, algunas de sorpresa, otras de