El sonido rítmico de los monitores, que seguían el frágil pulso de Roberto, era lo único que se escuchaba en aquella habitación de hospital.
El hombre descansaba con los ojos cerrados como si estuviera en un profundo sueño. Su rostro estaba lleno de moretones y golpes, una clara evidencia de la paliza de la que había sido víctima.
—No hay actividad significativa en el cerebro —dijo el médico, observando atentamente los monitores—. Las lesiones son demasiado extensas. Es un milagro que siga re