La mujer sintió que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho cuando diviso a su pequeño hijo, Damián, frotándose los ojitos junto a la puerta de su habitación.
—¿Mami? —habló el pequeño.
Natalia agradeció al cielo que la habitación estuviese sumergida en la penumbra, porque, de lo contrario, se habría dado cuenta de lo que acababa de interrumpir.
Rápidamente, hizo a un lado el pesado cuerpo de Fabián y se puso de pie como un resorte, acomodándose la pijama descolocada y limpiándose las