Cuando el sol salió, Natalia miró por la ventana, sintiéndose decaída de repente.
Había amanecido y eso solamente podía significar una cosa: era hora de volver a su vida de mentiras.
Con eso en mente se puso en pie, aunque su cuerpo pesaba con un desánimo del que no se podía deshacer.
Las palabras de Fabián seguían taladrando su mente, recordándole que no tenía salida a este horrible matrimonio. Al menos no, hasta que se cumpliera el plazo que dictaba el contrato.
«Tres años», pensó sin