—¿Quién crees que eres para asegurar algo como eso? —intentó defenderse de sus hirientes amenazas—. No eres nadie, Fabián. No tienes el poder de absolutamente nada. ¡Tú no decidirás en que se convertirá mi vida! ¡Así que suéltame!
La lucha se tornó dura y pesada.
Natalia procuraba empujarlo, liberar sus manos y pelear, pero no podía hacer nada, se sentía impotente.
El hombre la inmovilizaba con tanta facilidad, ni siquiera parecía poner un verdadero esfuerzo y esto la irritaba más con cada segu