Ante la mención de su nombre, la espalda del hombre se puso rígida.
Era evidente que Fabián no se esperaba una interrupción de semejante magnitud.
—Natalia —pronunció con lentitud, mientras se giraba para encararla.
Su rostro estaba pálido, con los ojos muy abiertos como los de un niño que acababa de ser descubierto haciendo una terrible travesura, una travesura que merecía un castigo memorable.
Fabián lo sabía muy bien.
La amante de su esposo pareció captar también la gravedad de la situación a