Sus trillizos salieron en fila hacia el comedor y Natalia se revistió de serenidad y templanza para no permitir que ese día el par de arpías que habitaban en dicha casa le colmaran la paciencia.
Al llegar al comedor, la comida estaba servida y su suegra y cuñada, ya ocupaban un lugar en la mesa; sin embargo, no había rastro alguno de su marido.
No sabía dónde estaba y para ser sincera tampoco le importaba.
Para esa jornada tenía un par de cosas en mente, era por eso que su teléfono estaba lleno