Al beber agua, recuperé el aliento.
—Pero es León.
—¡Lo sé! —dijo Lidia—. Tu tesoro. Aunque ese diablillo es tan letal que no necesitaba protección.
Ignoré su comentario:
—¿Dónde están padre e hijo?
Sus ojos brillaron:
—Vengándote. Quería unirme, pero...
—Tu marido e hijo dan miedo. Preferí quedarme contigo.
Puse cara de falsa ofensa:
—¿Te molesta acompañarme?
Ella me miró exasperada:
—Joaquina, cuando llegué ya estabas inconsciente.
—León palideció al verte desmayada.
—Gustavo Matías miró al ni