La sala de conferencias de la junta de planificación olía a alfombra vieja y a ambición institucional.
Había estado en esa sala cuatro veces en dos años como ciudadano particular, sentado en la tribuna pública, levantando la mano durante los turnos de comentarios, recibiendo la cortesía específica y controlada de funcionarios que habían aprendido a tratar a los defensores de la comunidad como inconvenientes necesarios en lugar de fuentes legítimas de información. Me había sentado en esas sillas