Casi no me pongo el vestido negro.Después del concierto, pasé dos días en un silencio que no era precisamente apacible, de esos que te oprimen el pecho. Fui a trabajar, volví a casa, preparé la cena y me acosté. Me porté bien con Ethan, que no había mencionado el concierto, ni yo tampoco. Nos movíamos con la distancia prudencial que caracteriza a dos personas que saben que algo pasó y que, sin decirlo explícitamente, han acordado no hablar del tema todavía.La mañana de la cena de negocios, me quedé un buen rato frente al armario.Allí estaba el vestido negro. Espalda descubierta, líneas sencillas, de esos que requieren una razón de ser. Lo compré en primavera por impulso; una vendedora con buen ojo me dijo que era perfecto para mí, le creí, lo llevé a casa y esperé una ocasión a la altura.Este es tu último mes, me dije. Deja de guardar cosas.Me puse el vestido.Ethan estaba en la entrada cuando bajé. Se estaba ajustando los gemelos frente al espejo del pasillo, con el teléfono apo
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