Capítulo Veinticinco

Diane Cole me llamó un jueves por la mañana.

Sabía que era ella porque nunca la había borrado de mis contactos, no por sentimentalismo, sino porque cinco años de cenas dominicales me habían condicionado a reconocer su número como quien reconoce un patrón meteorológico. No borras el número cuando se avecina lluvia. Simplemente te preparas para ello.

Miré su nombre en la pantalla durante tres segundos.

Luego contesté.

«Natalie», dijo. Su voz tenía ese tono particular de siempre: serena, precisa,
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