Las mañanas de Logan eran tranquilas. La casa antigua que había conseguido le resultaba acogedora y la luz del sol se colaba por la ventana. Además, el olor a la vegetación del jardín producía sosiego. Era un hombre sencillo, pero solo cuando despertaba.
Nadie más que Damián sabía la clase de monstruo en el que se podía convertir cuando de defender a sus clientes se trataba, a los cuales elegía con pinzas, por cierto. No había juicio que perdiera, ni cliente que quisiera contratar sus servicios