Al demonio la paz. Era algo exquisito pasar tiempo tranquilo con ella. Sin embargo, aunque se había resistido, la cosa se estaba poniendo muy difícil.
En especial, debido a que después de darle una mordida juguetona, la desgraciada se había movido sobre él con un movimiento circular y lento que activó todos los sentidos del magnate.
Sus grandes manos bajaron a los muslos de la chica y los acariciaron a palma abierta. Rio un poco, ronco.
—¿Recuerdas cómo te hice venir el otro día? —susurró. Con