—¡No puede ser! —chilló Celene apenas la escuchó. Se tapó la boca mirándola con los ojos abiertos y llenos de sorpresa—Te acostaste con él —susurró incrédula con una sonrisa—. Eres el diablo, Ciabel Armstrong.
—Shhh. —La empujó con una almohada. Estaban solas en la casa, puesto que Ciro estaba estudiando.
Rio bajo mirándola, atenta.
—¿Y? ¿Cómo fue? ¿Fue bueno, fue magnífico, estupendo?
Puso la mirada en el techo y se mordió el labio inferior.
—Fue un desastre. Lo hicimos como conejos, no hubo m