Nino
Lo primero que sentí, fue el dolor de cabeza, luego el sol radiante con su molesto brillo, y por último, un exquisito aroma que parecía conocer. Abrí los ojos con dificultad para deleitarme con la inesperada espalda blanca y desnuda de Manu. ¡Bendito el momento en que mi cerebro decidió que la mañana ya estaba demasiado avanzada y que debía despertar! Para mi grandiosa —e inexplicable— fortuna, Manu se vestía, ahí, frente a mí. Confundida, comencé a incorporarme y pestañeé para obligar a m