Nino
Manu sonrió, sin apartarse de mi lado, y guardamos silencio una vez más, aunque en esta ocasión, ya no era incómodo. Jamás imaginé que un acercamiento tan diminuto pudiera provocar tanto. Manu no temblaba ni se veía nervioso, y tampoco me pidió que me alejara cuando volvimos a hablar. Estaba encantada, y feliz habría extendido ese momento por siempre. Sin embargo, en medio de la dulce escena, un par de fuertes golpes a la puerta nos distrajeron. Eso sí puso nervioso a Manu, quién sin pregu