—¡Diablos, qué frío! —exclamó Mateo, abrazándose a sí mismo y mirando a Liliana—. Liliana, tú...
Antes de que Mateo pudiera terminar, Wilmer se quitó su chaqueta y la colocó sobre los hombros de Liliana.
Liliana se quedó sorprendida por un momento y levantó la mirada hacia Wilmer.
Wilmer sonrió y dijo:
—Ya casi es noviembre y las noches son frías. No vayas a pescarte un resfriado.
Liliana se sonrojó ligeramente y, aferrándose a la chaqueta de Wilmer, murmuró:
—Gracias.
—No hay de qué —respondió