Liliana saltó ansiosamente del sofá y trató de correr hacia Nicolás. Sin embargo, Alejandro se adelantó y agarró su brazo, diciendo con firmeza:
—Los llevaré.
—No es necesario, señor— Nicolás rechazó educadamente. Luego tomó la mano de Liliana y continuó: —Podemos arreglárnoslas por nosotros mismos. No necesita preocuparse.
La mirada de Alejandro permaneció fría mientras decía:
—No es seguro.
Nicolás insistió:
—Estamos perfectamente seguros. No queremos molestarlo.
Alejandro entrecerró lo