El guardaespaldas arrancó la cinta adhesiva de la boca del chófer. Este levantó la mirada hacia Alejandro y dijo con firmeza:
—¡No diré nada!
Alejandro esbozó una fría sonrisa.
—Dolores.
El chófer miró a la mujer que se acercó a Alejandro, consciente de lo que vendría.
Apretando los dientes, declaró:
—La tortura no funcionará conmigo. Jamás traicionaré al señor. Si van a matarme, ¡háganlo de una vez!
Alejandro lo miró.
—¿Quién habló de tortura?
El chófer se quedó perplejo.
—¿Qué quiere deci