Samuel miraba fijamente a Ximena, incapaz de expresar las innumerables palabras que aún tenía por decir.
Después de un largo silencio, Samuel soltó la mano de Ximena y se levantó para dirigirse a la puerta.
Cuando su mano tocó el picaporte, volvió a mirar hacia la cama.
Sus ojos marrón claro, aún puros y sin rastro de maldad, solo reflejaban tristeza y arrepentimiento.
Luego, apartó lentamente la mirada y abrió la puerta con determinación.
Afuera, el guardia se sorprendió al ver salir a Samuel.