Capítulo 4
Fiona lo miró sin emoción.

—Basta con que un médico revise la receta, a menos que la verdad no te importe y solo quieras desquitarte conmigo. En ese caso, no necesitas buscar excusas. Castígame de una vez. Lo soportaré.

Laura ya había usado métodos parecidos para incriminarla.

Una vez se dejó caer por las escaleras y, con los ojos llenos de lágrimas, afirmó que Fiona la había empujado. En otra ocasión, mientras Fiona cocinaba, Laura se echó aceite hirviendo en una mano y aseguró que Fiona se lo había derramado encima.

Había sucedido incontables veces.

Antes, Fiona no entendía cómo Rubén, un hombre tan inteligente, era incapaz de ver montajes tan evidentes. Ahora lo comprendía: sí los veía. Simplemente, cuando Laura resultaba herida, necesitaba un culpable sobre quien descargar su rabia.

Y ese culpable siempre tenía que ser Fiona.

Esta vez, ella ni siquiera se molestó en mirarlo. Se había vuelto inmune a sus acusaciones. Que Rubén desconfiara de ella ya no podía lastimarla.

Él sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Cómo que quiero desquitarme contigo? Fiona, si te sientes agraviada, dímelo. No me hables con ese desprecio. Soy tu esposo, no tu enemigo.

Fiona cerró los ojos.

—Ya no tenemos nada que decirnos.

El corazón de Rubén dio un vuelco.

—¿Qué significa eso? ¿Cómo que ya no tenemos nada que decirnos?

Ella no respondió. Mantuvo los ojos cerrados y se negó a seguir conversando con él.

Rubén se inquietó cada vez más. Por alguna razón, tuvo la vaga sensación de que Fiona se le escapaba para siempre. Necesitaba decir o hacer algo que le permitiera aferrarse a ella.

Tras un largo silencio, habló:

—Mañana iremos juntos a despedirnos de Leo.

El cuerpo de Fiona se tensó de manera perceptible, pero no abrió los ojos.

Una enfermera volvió a aparecer junto a la puerta.

—Señor Rivas, ya estabilizamos a la señorita Duarte. Los análisis preliminares no muestran signos de intoxicación y el sangrado no parece relacionado con el caldo. Está fuera de peligro, pero tiene mucho miedo y no deja de llamarlo.

—Entendido —contestó Rubén con frialdad.

Luego miró fijamente a Fiona.

—Descansa bien.

La noche fue interminable. Fiona permaneció despierta casi hasta el amanecer.

Rubén llegó puntual a la mañana siguiente y la llevó en auto a la residencia de los Rivas.

Apoyada en las muletas, avanzó con pasos temblorosos. Quería ver a su hijo por última vez.

Apenas entró en la capilla privada de la residencia, la madre de Rubén, Elena Salvatierra, se abalanzó sobre ella como una demente.

—¡Maldita! ¿Cómo te atreves a volver?

Le dio dos bofetadas, la agarró del cabello y empezó a golpearla mientras la insultaba con odio.

—¡Todo fue culpa tuya! Sabías que Leo no sabía nadar y aun así lo llevaste al mar a surfear. ¡Eres una asesina! ¡Querías matarlo!

Fiona se quedó paralizada. Quien había llevado a Leo a surfear era Laura.

Su instinto le dijo que Rubén estaba detrás de aquella mentira. Cuando lo miró, él desvió la vista, confirmando sus sospechas.

Los demás presentes se sumaron de inmediato a la agresión y también empezaron a golpear e insultar a Fiona.

—¡Maten a esa asesina!

—¡Fuera de aquí! ¡No tienes derecho a asistir al funeral de Leo!

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