Al verla inmóvil, prefirió convencerse de que había hablado en sueños. La despertó con suavidad.
—Fiona, te oí decir que ya no amabas a nadie. ¿Qué estabas soñando?
Fiona bajó la mirada.
—No lo sé. Debí decir cualquier cosa mientras dormía. Soñé con nuestro hijo. Lloraba y me preguntaba por qué no habíamos podido protegerlo.
Rubén sintió alivio, aunque la molestia no desapareció del todo. Ni siquiera en sueños estaba dispuesto a aceptar la idea de que Fiona dejara de amarlo.
A Rubén se le encogió el corazón. La estrechó entre sus brazos y habló con voz apagada.
—Lo de Leo fue un accidente. No fue culpa tuya. No sigas atormentándote así.
Hizo una pausa.
—Todavía somos jóvenes. Tendremos más hijos, todos los que queramos.
Fiona guardó silencio. Se sintió profundamente decepcionada y herida, hasta tal punto que ni siquiera pudo llorar.
Sí, era joven y podía volver a ser madre. ¿Y qué? Su hijo había muerto. ¿Acaso tener otro borraría todo lo ocurrido?
A esas alturas, ya no tenía fuerzas para discutir con Rubén, así que cambió de tema sin mostrar emoción.
—¿Por qué viniste a verme a estas horas?
Rubén titubeó y bajó la mirada, incómodo.
—A Laura le duele el estómago y quiere tomar ese caldo que preparas para aliviar el dolor.
Fiona se quedó rígida. Acababa de sufrir un accidente, tenía una pierna fracturada y, aun así, Rubén la había despertado en plena noche para que cocinara para Laura.
Él pareció comprender lo absurdo de su petición y se corrigió de inmediato.
—No tienes que levantarte. Dime la receta y yo lo prepararé.
Rubén sufría frecuentes dolores de estómago. Por eso, Fiona había consultado numerosos libros de nutrición y dietas para problemas digestivos hasta desarrollar aquella receta. Cada vez que el dolor reaparecía, ella le preparaba ese caldo.
Pero Fiona también sufría problemas gástricos desde que se había exigido demasiado durante su último año de bachillerato. Rubén nunca se había fijado. En cinco años de matrimonio, jamás le había cocinado ni una sola comida, mucho menos un caldo.
Desde el principio, Fiona había sido la única que amaba de verdad en aquel matrimonio.
Fiona sonrió con amargura.
—Tráeme papel y bolígrafo. Te escribiré la receta.
Rubén ordenó de inmediato que uno de sus hombres se los llevara. Cuando Fiona terminó y le entregó la hoja, Rubén sintió una inquietud difícil de explicar.
Recordó lo que ella había respondido la última vez que le preguntó por la receta:
—Te la daré cuando nos divorciemos, porque mientras sigamos casados, permaneceré a tu lado y te prepararé este caldo toda la vida.
Ahora se la había entregado sin vacilar.
Rubén sintió una opresión en el pecho, pero siguió convencido de que cualquier mención al divorcio no era más que una amenaza pasajera. Fiona jamás sería capaz de abandonarlo.
Una enfermera habló desde la puerta.
—Señor Rivas, la señorita Duarte tiene un dolor muy fuerte y no deja de quejarse. Suba a verla, por favor.
Rubén frunció el ceño.
—Siempre tiene que armar un escándalo. Si le duele, que tome un analgésico. ¡Dejen de insistir!
Pero, apenas terminó de protestar, subió de inmediato para acompañarla.
Siempre era igual: podía regañar a Laura con toda la dureza del mundo, pero sus actos acababan favoreciéndola. Fiona estaba acostumbrada. Sin decir una palabra, cerró los ojos y se durmió.
No había pasado mucho tiempo cuando Rubén la arrancó bruscamente del sueño.
—¿Por qué Laura empezó a vomitar sangre después de beber el caldo que preparé? —Le sujetó la barbilla y le habló con voz amenazante—. ¿Pusiste veneno en la receta?