La persona al otro lado de la línea quedó desconcertada.
—¿Habla en serio? Quienes seguimos su trayectoria sabemos cuánto ha sacrificado por el señor Rivas. De no ser así, probablemente ya sería nuestra ingeniera principal.
El recuerdo le dolió a Fiona.
Siempre había sido racional y metódica: afrontaba cualquier problema con serenidad y lógica. Sin embargo, bastaba con que Rubén apareciera para que toda su sensatez se hiciera pedazos. Cuando se trataba de él, no podía pensar en nada más.
Para Fiona, había sido amor a primera vista, un sentimiento que había cultivado durante años. Habían sido compañeros de clase desde la primaria. Los resultados de los exámenes nunca sorprendían a nadie: Rubén siempre ocupaba el primer puesto del curso y Fiona, el segundo.
Ella se negaba a aceptarlo y estudiaba con todas sus fuerzas para superarlo, pero siempre nunca lo conseguía. Lo más irritante era que Rubén era uno de esos genios naturales que casi nunca estudiaban y, aun así, siempre ocupaba el primer lugar.
Aunque Fiona competía con él cada vez que podía, en secreto llevaba años enamorada.
Durante el último año de bachillerato, por fin reunió el valor para acercarse a él.
—Rubén, si en el examen nacional de ingreso obtengo una calificación más alta que la tuya, ¿aceptarías ser mi novio?
Estaba convencida de que la rechazaría sin piedad. Pero el muchacho se inclinó hacia ella y, con descaro, le susurró al oído.
—Si obtienes el puntaje más alto de todo el país, me casaré contigo.
Impulsada por aquella promesa que parecía una broma, Fiona estudió hasta agotarse durante todo el año. Al final, obtuvo el puntaje más alto del país.
Rubén cumplió su palabra y organizó una propuesta espectacular ante medios de todo el país: contrató una flota de helicópteros para cubrir de pétalos la plaza elegida para la ocasión.
—Fiona, te amo. Cuando tengamos la edad legal para casarnos, ¿quieres convertirte en mi esposa?
Rubén se arrodilló ante ella, en medio de aquel manto de pétalos y frente a las cámaras de todo el país.
En ese instante, Fiona creyó ser la mujer más feliz del mundo.
Mucho después descubrió que él no había organizado aquella propuesta porque llevara años amándola, sino para desviar la atención del escándalo que lo vinculaba con la joven con quien se había criado como si fuera su hermana.
Aquel año, todos los medios seguían de cerca a Fiona por haber obtenido el mejor resultado del examen. Su historia tenía suficiente interés público para sepultar cualquier escándalo de Rubén.
Además, ambos habían estudiado juntos desde niños y siempre habían competido por el primer puesto. La historia de amor perfecta entre dos jóvenes brillantes era justo lo que el público quería ver.
Por eso Rubén la eligió.
—Señora Mendoza, ¿sigue ahí? —preguntó con cautela la persona al teléfono—. No ha dicho nada. ¿Se arrepintió? Sería comprensible. Después de todo, usted ama mucho al señor Rivas…
Fiona la interrumpió antes de que terminara.
—No me arrepiento y nunca lo haré, porque hace mucho que dejé de amarlo.
En ese preciso momento, la puerta comenzó a abrirse. Fiona colgó de inmediato, cerró los ojos y fingió dormir. Rubén solo alcanzó a oír las últimas palabras y entró con el ceño fruncido.