Tras el Divorcio, Me Fui a la Luna
Tras el Divorcio, Me Fui a la Luna
Por: Aurora Vega
Capítulo 1
Pero la enfermera la reconoció de todos modos.

—El señor Rivas está en el piso de arriba. ¿Quiere que le avise?

Solo entonces Fiona recordó que aquel hospital pertenecía a la familia Rivas. Negó con la cabeza y dijo en voz baja que no era necesario. Sin embargo, media hora después, Rubén apareció en su habitación.

Bastó con que frunciera levemente el ceño para que el ambiente se volviera asfixiante.

—¿Por qué no me llamaste?

Fiona bajó la mirada.

—Solo me fracturé una pierna. No es nada grave.

La indiferencia de su tono despertó en Rubén una irritación que ni él mismo supo explicar.

En sus recuerdos, Fiona siempre había sido muy sensible. Cuando eran novios, hasta un simple resfriado bastaba para que se acurrucara entre sus brazos y le pidiera mimos, besos y abrazos. Ahora tenía una pierna rota y ni siquiera se había quejado una sola vez.

Rubén estaba a punto de decir algo cuando oyó a unas enfermeras conversar junto a la puerta.

—Rubén sí que consiente a Laura. Apenas se raspó una rodilla y él se puso tan nervioso que reunió a un equipo entero de especialistas. Además, no se separa de ella ni un instante. La lleva en brazos a todas partes para que no apoye el pie en el suelo.

El corazón de Rubén se contrajo. Se le notaba el enojo en el rostro, pero miró de reojo a Fiona, como si esperara que se pusiera celosa y armara una escena.

Ella ni siquiera alzó los párpados. Permaneció acostada, con la mirada baja, descansando.

El humor de Rubén empeoró aún más.

—No les hagas caso. Laura se golpeó la rodilla durante una filmación y yo solo aproveché que venía hacia acá para traerla.

Fiona se limitó a asentir y no volvió a hablar.

Rubén perdió la paciencia de repente.

—¿No me crees?

—Sí te creo —contestó ella por inercia, aunque ya sin el menor interés—. Laura es tu hermana; es normal que te preocupes por ella.

Antes, Rubén siempre la reprendía con frialdad:

—Laura es mi hermana. No puedo desentenderme de ella. Lo nuestro es cariño de hermanos. ¿Puedes dejar de hacer escenas?

Ahora Fiona por fin hacía lo que él tanto había deseado: ya no lloraba ni discutía. Rubén debería haberse sentido satisfecho, pero una inquietud cada vez más intensa le oprimió el pecho.

En ese momento, una enfermera abrió la puerta de golpe.

—Señor Rivas, la señorita Duarte dice que le duele la rodilla. Debería subir a verla.

Rubén ya estaba irritado y le gritó sin pensar:

—¡Si le duele la rodilla, que llame a un médico! ¡Yo no sé curarla! ¿Para qué quiere que suba?

La enfermera se retiró. Rubén miró a Fiona con culpa.

—¿Sigues sufriendo por lo de nuestro hijo? Laura actuó mal, lo admito, pero ya la castigué.

Hizo una pausa, se acercó despacio y se sentó junto a la cama.

—Tendremos más hijos —añadió mientras le tomaba la mano—. ¿Qué te parece si paso toda la próxima semana contigo?

Fiona retiró la mano de la suya sin hacer ruido.

Rubén frunció el ceño y estaba a punto de enfurecerse cuando un estrépito resonó junto a la puerta. Laura Duarte, apoyada en unas muletas, acababa de caer frente a la habitación.

Rubén corrió de inmediato y la levantó en brazos.

—¿Por qué andas de un lado a otro? ¿No te dije que guardaras reposo?

—Me enteré de que Fiona tuvo un accidente —respondió Laura con expresión lastimera—. Vine a verla.

De pronto se acurrucó contra el pecho de Rubén, como si Fiona le hubiera hecho daño. Con la voz entrecortada por el llanto, miró hacia la cama.

—Fiona, por favor, no te enojes conmigo. Yo no quería causar la muerte de Leo.

Antes, Fiona se habría derrumbado. Habría gritado y le habría preguntado a Rubén, entre lágrimas, por qué seguía protegiendo a la mujer que había provocado la muerte de su hijo.

Esta vez no dijo nada. Cerró los ojos y permaneció acostada, como si ya estuviera dormida. Estaba pálida y tan delgada que parecía a punto de quebrarse.

Rubén sintió que el pecho se le encogía y bajó la voz.

—Llevaré a Laura arriba y volveré enseguida para acompañarte.

Se marchó con Laura en brazos. Llegó la madrugada y él no volvió.

En cambio, Fiona recibió una llamada de la Agencia Nacional Aeroespacial.

—Señora Mendoza, ¿está segura de que quiere incorporarse al Proyecto Ascensor Lunar? Es un programa ultrasecreto de seguridad nacional. El proyecto durará varias décadas. Mientras forme parte del equipo, deberá residir en la base y sus comunicaciones estarán estrictamente restringidas. No podrá contactar a personas ajenas al programa sin autorización.

—Estoy segura —respondió Fiona con serenidad—. No se preocupe. Ya solicité el divorcio. En los próximos días recibiré el acta. Seré una mujer libre, sin ataduras. Un trabajo que me mantenga apartada del mundo es perfecto para mí.

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