El avión aterrizó en Páramo, donde el viento aullaba con furia.
Ajusté mi pesada capa y vi a Ana agitando las manos con entusiasmo.
Apenas salí, corrió hacia mí y me envolvió en un abrazo cálido.
—¡Felicitaciones por dejar atrás el pasado!
Le di un suave golpe en el hombro, sonriendo sin palabras.
Su expresión se volvió seria al cambiar de tema:
—Vamos, la herboristería nos espera. Ah, te presento a Fernando, mi asistente.
Un joven discreto que seguía a Ana se acercó para saludarme.
Tras