Ese mismo día, Valéria fue a visitar a Fernando al hospital. Llevaba un traje claro, impecable como siempre, llevaba en las manos un bolso pequeño y, en el rostro, la serenidad de quien por fin tenía algo bueno que decir tras semanas de incertidumbre.
La enfermera la guió hasta la habitación de Fernando.
—Está despierto, señora Valéria —dijo, abriendo la puerta.
Fernando estaba recostado sobre almohadas, todavía pálido, pero con la postura altiva de quien insistía en parecer más fuerte de lo qu