El pitido continuo del monitor cardíaco era el sonido más constante desde que Fernando había abierto los ojos. La suave luz que entraba por la ventana contrastaba con el peso de su cuerpo, aún débil y dolorido.
—¿Entonces fue el broche lo que me salvó la vida? —preguntó, con voz cansada y semblante abatido.
Carlos asintió, sentado junto a la cama, visiblemente emocionado.
—Sí, así es... si no hubiera sido el broche, te habría atravesado el pecho. Puedes llamarlo milagro.
Fernando respiró hondo,