En la carretera, Carlos volvió a sumergirse en su ordenador portátil. Su expresión era ahora fría, distante, como si fuera un hombre completamente diferente. Natália, incapaz de contener su irritación, rompió el silencio:
— ¿Puedo saber por qué le ha ordenado a Antônio que me vigile todo el tiempo?
— Órdenes del señor Fernando —respondió él, sin levantar la vista de la pantalla.
—¿Órdenes? —replicó ella, con voz cargada de ironía—. Durante casi un año no se ha preocupado por mí. ¿Y ahora, de re