Quise decirle que me daba nauseas su presencia, pero mi estado físico no me permitía discutir con un borracho.
—Primero suéltame. Así, abrazándome, me pones muy incómoda.
Al escucharme, David me soltó un poco, aunque no del todo.
Continué:
—Dices que no volverás a actuar como antes, pero tendrás que demostrarme tu sinceridad. No puedes esperar que, después de todas las veces que me heriste, después de que me viste al borde de la muerte, con un simple “lo siento” yo te perdone.
Podía notar que él