Mi papá no pudo evitar decir:
—Ya basta, ¿qué haces? Esto no es culpa de Esmeralda, ¿por qué la golpeas? ¡Ella ya se siente súper mal!
—Y además, pase lo que pase, sigue siendo tu hija de sangre, ¿cómo puedes decirle que se muera? ¡No tienes corazón, en serio…!
Mi papá no sabía ni cómo hablarle a mi mamá.
Y como también estaba preocupado por mi abuela, no tenía ni ánimo para ponerse a discutir.
Por más defectos que tenga, él siempre fue muy atento con mi abuela.
Luna, que había llegado con ellos