Javier atónito, retrocedió unos pasos y se llevó las manos a la cabeza mientras Samantha lloraba de manera desconsolada. Ese momento de confesiones, hizo que ella liberara la gran carga y el dolor que llevaba arrastrando durante años.
—No... —musitó el hombre—. ¡No pude haber sido tan hijo de puta!
Samantha apartó sus manos del rostro y lo miró.
—Sí. Pudiste —repitió Samantha, mirándolo con una mezcla de dolor y dignidad—. Y lo hiciste, Javier. Por un instante me quedé ahí, con una mezcla de fe