Martín y Samantha llegaron apenas unos minutos después de que Javier se había marchado. El destino, caprichoso como siempre, tejía sus hilos sin que ninguno de ellos lo notara.
Ni Samantha ni los adultos que los rodeaban, sospecharían jamás lo que había ocurrido entre Javier y los niños, porque ellos —fieles a su pacto infantil— habían prometido no decirle nada a nadie.
El abogado detuvo el auto frente al atelier de Damián y, con un gesto instintivo, se apresuró a rodearlo para abrir la puerta