Un par de horas antes...
Un cambio en la frecuencia.
Un pitido que ya no era idéntico al anterior comenzó a marcar la alerta.
La enfermera levantó la vista de la planilla y frunció el ceño. Se acercó a la cama, revisó los parámetros y ajustó uno de los controles.
—Javier… —murmuró, más para sí misma que para él—. Tranquilo.
El monitor volvió a estabilizarse por unos segundos. Solo unos segundos.
Entonces, la línea volvió a oscilar.
Esta vez con más violencia.
—Doctor —llamó con voz firme, presionando el botón de aviso—. Necesito que venga a la unidad tres. Ahora.
El cuerpo de Javier reaccionó como si estuviera librando una guerra interna. Su respiración se volvió irregular, superficial. Un leve espasmo recorrió su mano derecha, apenas un movimiento, casi invisible, pero suficiente para confirmar que no estaba completamente ausente.
No estaba ido.
Estaba luchando.
—Presión bajando —anunció la enfermera mientras ajustaba la medicación—. Saturación en descenso.
El médico entró a toda pri