La noche había caído sobre la mansión Miller, envolviendo la habitación en un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el suave siseo del viento contra los ventanales. Isabella estaba recostada contra los almohadones de seda, con un camisón de encaje blanco que se amoldaba a su figura, resaltando la incipiente pero ya notable redondez de su vientre.
Gabriel salió del vestidor usando únicamente un pantalón de pijama oscuro. Sus músculos se tensaban con cada movimiento, y los tatuajes de