La mañana llegó y Lia ya vestía completamente de negro. El látigo silbaba en el aire una y otra vez antes de estrellarse contra el cuerpo de Paula. Los golpes caían sin misericordia, pegando el vestido desgarrado a su carne viva. Los gritos que al principio habían llenado el calabozo ahora apenas eran gemidos ahogados. Ya no le quedaban fuerzas para llorar, solo un llanto seco escapaba de su garganta mientras el dolor la consumía poco a poco. Un último golpe recorrió su espalda y Paula terminó