La puerta de la clínica se abrió de golpe. Elian y Gio corrían a ambos lados de la camilla mientras los médicos empujaban a Lia por el pasillo a toda velocidad. Su cuerpo permanecía inmóvil, cubierto de sangre, con una mascarilla de oxígeno sobre el rostro. El monitor no dejaba de emitir pitidos rápidos que hacían que el corazón de Giorgio se desgarrara un poco más con cada segundo.
—¡Por favor, sálvenla! ¡Sálvenla, se los ruego! —gritó sin importarle quién lo escuchara.
Jamás había sentido un