CAPÍTULO 53
Empecé el entrenamiento en el bosque siguiendo cada indicación de mi loba. Era exigente, pero paciente. Me enseñaba a sentir mi fuerza desde adentro, sin perder el control. Me pedía que escuchara mi respiración, que notara cómo cambiaba mi temperatura, que reconociera la energía que recorría mis brazos y mis piernas. A veces me dejaba sin aliento. Otras, sentía que mi cuerpo temblaba como si no fuera mío.
Ella insistía en que todo debía hacerse en secreto.
“Nadie puede saber quién