CAPÍTULO 53
Empecé el entrenamiento en el bosque siguiendo cada indicación de mi loba. Era exigente, pero paciente. Me enseñaba a sentir mi fuerza desde adentro, sin perder el control. Me pedía que escuchara mi respiración, que notara cómo cambiaba mi temperatura, que reconociera la energía que recorría mis brazos y mis piernas. A veces me dejaba sin aliento. Otras, sentía que mi cuerpo temblaba como si no fuera mío.
Ella insistía en que todo debía hacerse en secreto.
“Nadie puede saber quién eres”, repetía.
Y tenía razón. Si alguna manada descubría que yo era una loba blanca, me encerrarían. Me obligarían a servirlos. Sería una herramienta, no una loba libre.
Mi deber era regresar con Kaleb y con mi hijo cuando fuera capaz de defenderlos. No antes.
Cada vez que pensaba en ellos, se me apretaba el pecho. Me daban ganas de correr de vuelta a casa. Tocar a mi bebé. Sentir la presencia de Kaleb cerca. Pero sabía que no podía.
Volvía a casa de Minerva cada noche como si nada pasara. Le d