El invierno en Londres siempre tenía una forma de congelar los errores, pero no de borrarlos. Para Julian Thurne, los meses posteriores a aquella fatídica noche en el ático no fueron más que un torbellino de pólvora, tribunales y un silencio ensordecedor.
Silas Vane intentó dar su zarpazo final, pero un hombre que ya lo ha perdido todo no tiene miedo de jalar el gatillo. La caída de Vane fue sangrienta y definitiva, un cierre judicial y policial que limpió el fango del peligro, pero que dejó la