Las manecillas del reloj caminaban a pasos lentos, las horas se hicieron largas, Aida Delmon se sentía atrapada en un pozo sin salida, pozo que cada vez le llevaba más profundo. Eran las cinco en punto, debía levantarse y estar en pie para la junta de las siete. No estaba segura de sí las fuerzas le darían, en concreto las del corazón.
Se retiraba las sábanas acomodando sus cabellos, nada en ella tenía fuerza alguna, sus piernas estaban vestidas de debilidad, las lágrimas volvieron a salir, se