Delilah obedeció, lo hizo por las reacciones de su cuerpo, porque su mente le decía que huyera, pero los sonidos que salían de aquellos altavoces, su esposo mirándola de aquella forma y su voz cargada de deseo la tenía a un paso de entregarle todo.
Sentía la humedad centrándose en un punto exacto de su cuerpo pidiéndole atención y su corazón acelerado por el nerviosismo y la expectación.
Esa noche era Zafiro y no Delilah, se dejaría llevar sin remedio porque ya no creía poder hacer otra cosa.