CAPÍTULO 40. HERIDO
El ambiente cambió en un par de segundos, su expresión cambió de inmediato; la mandíbula se le tensó con tal fuerza que podría jurar que escuché el leve rechinar de sus dientes.
—Tenemos que regresar —ordenó.
Y, sin suavidad, me soltó de la cintura.
—Tu “amigo” está armando un alboroto porque no has vuelto —añadió, con un tono bajo y cargado de advertencia—. Voy a hablar con él… y esta vez voy a dejarle claro cuál es su lugar.
—No lo hagas —mi voz salió apresurada, casi en contra de mi propia v