El imponente rugbier la miraba sin dejar de caminar. Era como enfrentar a un rinoceronte enfurecido. Sus ojos no demostraban piedad ni compasión, y sólo Thomas sabía lo que estaba a punto de suceder a continuación. Sophia sólo podía especular mentalmente.
El sonido de los pasos de Thomas era lo único que rompía el silencio expectante de la sala.
Sophia sintió cómo la tensión se condensaba en el aire mientras Thomas avanzaba con esa expresión indescifrable, con los ojos fijos en ella y en nadie más. Ahora entendía lo que debían sentir los rivales y adversarios de Thomas en el campo de juego al verlo llegar corriendo y listo para voltearlos con un tackle.
Apenas fue consciente de cómo las cámaras giraban en su dirección, del murmullo contenido de los periodistas que parecían preguntarse lo mismo: ¿qué iba a hacer él?
Thomas llegó hasta la mesa. Se paró justo a su lado. No se apresuró a hablar ni miró a la prensa. Solo la observó. Y mientras tanto, los flashes no paraban de enceguecerlos