El aire nocturno era fresco y ligero, con ese aroma limpio que solo la primavera podía traer. Cuando salieron del restaurante, Sophia estiró los brazos y suspiró con satisfacción. La cena había sido sorprendentemente amena, y aunque no podía decir que todo estaba bien, al menos por unas horas no había sentido el peso de su propia historia sobre los hombros.
—Definitivamente voy a repetir este lugar —comentó, palmeándose suavemente el estómago—. Aunque creo que comí demasiado rápido.
Gabriel, qu