La cabina de entrenadores era una isla de cristal suspendida sobre el ruido.
Desde allí, Phillip podía ver la totalidad del campo como si fuera un tablero de ajedrez vivo. Cada movimiento tenía un eco. Cada error, una sombra. Y en el centro de ese tablero estaba Thomas Sclavi, su pilar estrella, su foward líder... su decepción más reciente.
—¿Lo ven? —murmuró Phillip, con el auricular calzado contra la oreja, mientras ajustaba el ángulo de su vista hacia la línea de tres cuartos—. Está lento. O