Sophia no pensó. No podía.
Su cuerpo se había lanzado solo, por instinto, como un latido desesperado que le impulsaba a atravesar el campo a pesar del barro, a pesar del miedo, a pesar de la ley.
Corría, y lo único que sentía era la punzada de cada paso bajo sus pies, el látigo helado de la lluvia, y esa voz en su cabeza que gritaba: No lo dejes solo. No otra vez.
—¡SOPHIA! —bramó Castor desde atrás—. ¡ESPERA!
Pero ya era tarde. La figura de Gabriel seguía encorvada sobre Thomas, como un cuervo