Salí de la sede de la empresa con los puños apretados y el aire atascado en el pecho. Había intentado mantener la postura, la espalda recta y el mentón en alto, demostrando una solidez que no tenía, pero en cuanto crucé la puerta y sentí el aire frío de la tarde golpeándome el rostro, la armadura se desmoronó por completo.
Caminé sin un rumbo fijo, impulsada únicamente por la necesidad de escapar de todo. Mis pasos, acelerados y torpes por los tacones, me llevaron de manera casi instintiva haci